—Viejo, relájate… no es para tanto —dijo Adrien, pasándose la mano por la cabeza con gesto fastidiado—. Sé lo que hago.
Antonio alzó la vista con lentitud. Sus ojos se clavaron en él con una intensidad peligrosa. No había paciencia en su expresión, estaba tratando de controlarse para no ahorcar a Adrien por su impertinencia, de verdad que no se lo soportaba.
—¿Ah, sí? —arqueó una ceja—. Entonces explícame por qué carajos atacaste a Lucien sin mi consentimiento.
Adrien suspiró. Sabía que ese mom