Mientras que Lucien disfrutaba de la mieles de la paternidad, al otro lado de la ciudad las cosas seguían su curso, siempre atentas a lo que él hiciera.
Antonio estaba sentado detrás de su escritorio, con la espalda recta y los dedos entrelazados sobre la madera gastada. La luz que colgaba del techo iluminaba solo una parte de su rostro, dejando la otra sumida en sombras.
Siempre imponente , frío y calculador.
Sobre la mesa, perfectamente alineados, había varios documentos abiertos. No los esta