La verdad enterrada (2da. Parte)
Tres días después
Kazanlak
Dominic
Estupidez, acierto, celos… no sé bien qué fue lo que me llevó a restregarle a Petrovic que Arianna era mi mujer, mi novia. Tal vez hubo un poco de todo. También asomó mi lado protector. Pero lo que sí tenía clarísimo era que ese gusano era peligroso. Un sujeto al que había que vigilar de cerca y mantener lo más lejos posible, porque más allá de mis celos no entendía esa necesidad enfermiza de acercarse a Arianna.
No era amor. Tampoco nostalgia. Quizás rivalida