La verdad enterrada (2da. Parte)
Tres días después
Kazanlak
Dominic
Estupidez, acierto, celos… no sé bien qué fue lo que me llevó a restregarle a Petrovic que Arianna era mi mujer, mi novia. Tal vez hubo un poco de todo. También asomó mi lado protector. Pero lo que sí tenía clarísimo era que ese gusano era peligroso. Un sujeto al que había que vigilar de cerca y mantener lo más lejos posible, porque más allá de mis celos no entendía esa necesidad enfermiza de acercarse a Arianna.
No era amor. Tampoco nostalgia. Quizás rivalidad, rabia… y algo más que todavía no lograba descifrar. Sin embargo, siempre fue la peor escoria del negocio: sin lealtades, sin escrúpulos, sin códigos. Y eso, en mi mundo, era letal.
Ahí estaba, frente a mí, con ganas de volarle los sesos. Le clavé la mirada, asesina, tensa, pero el desgraciado me devolvió una sonrisa burlona que me revolvió el estómago.
—Todorov, no me amenaces —dijo, ladeando la cabeza—. No soy otro de tus socios narcos a los que intimidas. Conmigo no te sirve esa pose de líd