Claudio sintió un nudo en la garganta.
—No te parezcas a mí en eso. —susurró.
—Ya me parezco en más de lo que quisiera. —respondió Emiliano. Y se miraron.
Había similitudes inevitables. En el gesto. En la forma de sostener el silencio.
—No te odio. —dijo Emiliano de pronto.
Claudio cerró los ojos un segundo.
Esa frase dolía más que cualquier reproche.
—Eso es más de lo que merezco.
—No lo sé. —respondió Emiliano.
—Tal vez mereces enfrentar lo que hiciste. No sé si eso es castigo o redención.
—