Claudio y Olí caminaron llevando a las vacas hacia los corrales. El paso era lento, ceremonioso, y entre ellos se instaló un silencio extraño, espeso, que solo se rompía de vez en cuando con miradas fugaces, rápidas, como si ambos temieran sostenerlas demasiado tiempo. El sonido de los cascos sobre la tierra y los mugidos tranquilos llenaban el espacio que ninguno se atrevía a ocupar con palabras.Claudio aclaró la garganta un par de veces, pero no dijo nada. Olí, por su parte, fingía una concentración absoluta en las vacas, como si fueran criaturas extremadamente complejas que requerían toda su atención espiritual y terrenal al mismo tiempo.—Caminen señoritas… con dignidad y muy ordenadas. Sin desviarse. —murmuró ella, más para sí misma que para el ganado.Al llegar a los corrales, las vacas entraron sin demasiada resistencia, como si ya hubieran causado suficiente caos por la mañana. Claudio cerró el portón de madera con cuidado y se quedó un instante con la mano apoyada en él, mi
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