Se detuvo un instante frente al altar, inclinó la cabeza y cerró los ojos.—Dame claridad señor. —murmuró.—Aaunque no sea la respuesta que espero.Encendió una vela y, mientras la llama tomaba fuerza, pensó en las confesiones que escucharía ese día, en las cargas ajenas que se sumarían a las suyas. Sabía que su labor no era solo repetir oraciones, sino escuchar, acompañar, sostener silencios. ¿Pero. ¿Quien ki sostenía a él? Pensó por un momento sintiendo dudas por esa inquietud nueva en su pecho, una sensación de que algo... o alguien... estaba a punto de poner a prueba todo aquello en lo que había creído.Cuando levantó la vista, notó que no estaba completamente solo. En uno de los últimos bancos, una figura permanecía sentada, inmóvil, como esperando el momento exacto para hablar. El padre Claudio respiró hondo. Acomodó los pliegues de su sotana y se preparó para comenzar, sin imaginar que aquella jornada marcaría un antes y un después en su vocación.El problema con Zermatt era qu
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