[ZAED]
El edificio del registro civil no tiene nada de extraordinario. No hay mármol brillante ni vitrales ni escaleras imponentes. Solo una fachada clara, sobria, casi anónima, y una puerta de vidrio que se abre y se cierra con el murmullo constante de la ciudad.
Y aun así, cuando nos detenemos frente a ella, siento algo parecido al vértigo. No el que empuja a huir, sino el que aparece cuando sabes que estás a punto de saltar hacia algo definitivo.
Alya aprieta mi mano. No con miedo. Con consciencia. Ese gesto mínimo me atraviesa más que cualquier discurso.
—Es aquí —dice en voz baja, como si el lugar pudiera oírnos, como si nombrarlo fuera sellar un pacto.
—Es aquí —repito.
Doy un paso al frente primero, no para guiarla, sino para acompañarla. Entramos juntos. El aire adentro es fresco y neutro. Huele a papel, a tinta, a café viejo, a rutina. El tipo de olor que no promete nada extraordinario, y por eso mismo resulta tranquilizador. Hay personas sentadas en sillas alineadas contra l