[ZAED]
Las tres semanas pasan sin avisar. No como una cuenta regresiva, sino como una sucesión de días que se acomodan unos sobre otros hasta volverse vida. No hay un momento exacto en el que dejamos de sentirnos en tránsito. Simplemente, un día despertamos y Milán ya no se siente prestada. Se siente nuestra.
Alya duerme a mi lado cada mañana con una mano sobre su vientre, como si incluso dormida necesitara anclar lo que está creciendo dentro de ella. A veces frunce el ceño, a veces sonríe sin abrir los ojos. Yo me quedo mirándola más de lo que debería, memorizando gestos, respiraciones, esa calma frágil que no siempre tuvo.
El embarazo avanza en silencio. Apenas ocho semanas, pero ya lo cambia todo. No de forma evidente, no todavía. Es más sutil: el cansancio que aparece antes, la forma en que se queda quieta un segundo más al levantarse, cómo se detiene a respirar profundo cuando algo la sobrepasa.
Yo aprendo a leerla sin preguntar tanto.
Desayunamos juntos casi todos los días. Café