37. Enloquecido
Esteban Cazares
La ciudad tenía una forma extraña de recordarte lo que perdiste. Era como si cada calle, cada reflejo en los escaparates, cada maldito anuncio con parejas sonrientes, se burlara de mí. De lo que tuve. De lo que dejé ir… o de lo que me arrebataron.
Emilia.
Maldita sea…
Aparqué frente a la boutique con los cristales polarizados, después de haber seguido al auto luego de salir de la mansión de Catalina Ramos. Desde aquí tenía una vista perfecta. Disimulada. Peligrosamente cómoda.