13. Adiós Montenegro
Christa Bauer
Apenas llegué a la casa de Margarita, bajé de Rayo. Sentía casi como si el pecho me fuera a explotar; mis músculos no tenían fuerzas, estaba deshecha.
—¡Margarita! —dije en un hilo de voz, tocando con fuerza la puerta.
Minutos después, apareció y, al verme, me invitó a entrar sin decir una palabra. Me desplomé en una silla. Las lágrimas se desbordaron, y ella me miró con preocupación.
—¡Christa! ¿Qué tienes? ¿Por qué lloras así? —preguntó, preocupada.
Yo no podía ni hablar.
Mi ami