Su confesión la tomó por sorpresa, pues hasta unas horas atrás parecía nervioso con lo que ella le preguntó sobre el nombre en el reloj.
Ya caminando por una calle estrecha y ahora concurrida, se detuvieron en un pequeño puesto, donde estaba una señora, de aparentemente sesenta años. Incluso estando bien abrigada, Rafa sintió pena de aquella señora, pues ya era muy tarde para estar fuera de casa. En el puesto de esa señora, se vendían amuletos en pequeños llaveros.
—Es simple, pero creo que ser