Mundo ficciónIniciar sesiónHabíamos quedado en casa de Nathan. Ese día, por fin conocería a Leonora.
—¡Maya! Viniste. —Claro, tú prometiste presentármela… y ya sabes que cumplo mis promesas. —Hola… Leonora aún no llega, pero… —Así que tú debes ser mi querida cuñada —interrumpió un chico con una sonrisa pícara—. Soy Máximo Larson. —¡Max! —exclamó Nathan, medio fastidiado. —¿Qué? —pregunté, confundida. —Perdónalo, Maya. Estos dos idiotas son mis hermanos: Lara, la chica que conociste en el restaurante… y Máximo, que, sinceramente, no es tan importante —bromeó. Solté una risa con lo último. —Un gusto, chicos. —Ten cuidado con Max, está un poco loco —dijo Lara con una risa burlona. —¡Yo no…! Antes de que pudiera terminar, Noah me tomó de la mano. —¿Qué pasa, cariño? —Ven conmigo. ⸻ Días después Estaba en una cita que Mara había organizado. El lugar era bonito, la compañía no estaba mal… hasta que recibí una llamada. Era el número de Nathan. ¿Qué querría ahora? Días atrás me había llevado a su casa para conocer a Leonora. Y sí… no la recordaba, aunque fuera mi madre. —¿Sí? —Hola, habla Max. El hermano guapo de Nathan. —Ah, tú… ¿qué quieres? ¿Y por qué llamas desde su número? —¿Te interrumpo? Porque si no es así… tengo un pequeño problemita. —Adelante, sorpréndeme. —Nathan se pasó un poquito con las copas… y necesito llevarlo a casa. —¿Y no puedes hacerlo tú? ¿O mandarlo en taxi? —No tengo permitido entrar al condominio… y el taxi tampoco. ¿Me ayudas, por favor? —Estoy en una ci… —Te lo ruego. Si pudiera hacerlo, no te molestaría. Pero Noah está con Silvia, y no quiero que ella tenga que salir y dejar sola a la niña. —Ugh… Está bien. Yo lo llevaré. —¡Gracias! De verdad, eres la mejor. Estoy en Rub’s City. Le colgué. —¿Todo bien? —preguntó Damián. —Sí, pero tengo que irme. Surgió algo que debo resolver. —No te preocupes. Podemos repetirlo otro día. —Lo siento, Damián. Te llamo luego. Tomé mi bolso y salí del restaurante. ⸻ —¡Wow! Si no es Maya… ¿quién es? —bromeó Max. —Déjate de bromas, ¿dónde está tu hermano? —Justo ahí. Nathan estaba en la barra, rodeado de vasos vacíos, con la mirada perdida. —Nathan… es hora de irnos. —Mmm… Aún la recuerdo… —Nathan, Maya vino por ti —dijo Max, serio por primera vez. —¿Qué esperas? Ayúdame a llevarlo al auto. ⸻ —¡Cuidado! —caímos sobre la cama. Nathan quedó encima de mí, aunque no llegó a apoyarse por completo. Nos miramos. Silencio. Hasta que él rompió el momento. —Te extraño —susurró, apartándome el cabello del rostro—. Si tan solo pudiéramos… Esto es raro… —Shhh… todos están dormidos —dijo, confundido. —Es mi casa —sonrió—. Puedo hacer el ruido que quiera. —Nathan… —Maya… —reímos, inevitablemente. Nos besamos. No sé cómo, ni cuándo, pero terminé encima de él, en ropa interior. Seguíamos besándonos. —¿Estás segura? —preguntó, acariciándome con dulzura. —Yo… Un golpe en la puerta nos hizo detenernos. —¿Qué fue eso? —Shhh… escúchalo tú también, ¿cierto? Golpearon de nuevo. —¡Sii! —Papi… tuve una pesadilla… —¿Qué hago ahora? —me levanté rápidamente. —Entra al baño. Diré que te estabas duchando. ¡Rápido! ⸻ Salí vestida del baño. Nathan estaba con Noah sentada sobre la cama. Ella me miró. —¿Puedes dormir conmigo y papá? —dijo, y la miré, sorprendida. —Mmm… Noah, tal vez Maya… —No te preocupes por el pijama. Papá te puede prestar uno. Estaba toda sonrojada. Nathan se la quedó viendo. —¡Noah! La pequeña se acercó y me abrazó. —Porfiii… tuve una pesadilla. No quiero dormir sola. ¿Puedes quedarte conmigo y papá? —Está bien, pequeña. Me quedaré. Nathan fue por un short y una camiseta. Me los dejó en la cama. Desde dentro del baño, escuchaba a Noah hacerle preguntas a Maya. —¿Qué te pasó? ¿Tuviste un accidente? —No lo sé… no lo recuerdo. —¿Y por qué no? —¡Noah! Ya basta, es hora de dormir. —Está bien… ******* Desperté más temprano de lo habitual. Noah dormía abrazada a Maya. Me levanté y fui a ducharme. —¿Me ayudas? —me pidió. —Claro. ¿Dos coletas? —¡Sí! —¿Siempre te peinas tú? —No, a veces lo hace Silvia. Cuando terminé, fui por mi ropa. No estaba. —No hay ropa… ¿cómo los voy a acompañar? —Silvia debe haberla llevado a lavar. —Puedes ir así —dijo Noah. Reí mientras me ponía mi abrigo. —Vamos, nadie te verá. Iremos en auto. —¿Me acompañas hasta la entrada? —Pero estoy… —Porfii… Maya me miró resignada. —¿Me prestas tu abrigo? —¿Qué tiene de malo ir en pijama y con tacones? —¡No haré el ridículo! Bajó del auto, se cubrió con mi abrigo. Fui por Noah. —Gracias —dijo Maya, saliendo. Me reí. —¡No es gracioso! —La ropa que tenías anoche tampoco era muy… escolar. —Ah, pero para quitármela sí servía —respondió entre risas, cerrando la puerta. —Perdón. Estaba algo pasado de tragos. ¡Noah, no corras! Caminamos juntos hasta la entrada de la escuela. Era extraño, pero bonito: los tres, juntos. Como una familia. —¿Todo bien? —me preguntó ella. —Sí. ¿Te dejo en el Goodfrench? —¿Así vestida? Llévame con Leonora mejor. —Aun así… te ves bien. Íbamos hacia el auto cuando se cruzó Janice. —Nathan… —me miró, y luego a Maya—. Ah, tú. —¿Qué quieres, Janice? Maya, espérame en el auto. —¿Qué quiero? ¿En serio? ¿Qué haces con ella? Yo sí te recuerdo. ¡Te amo! Intentó abrazarme, pero me aparté. —Éramos el uno para el otro, Nathan. ¿Qué pasó con eso? ¡Aún me amas! —Basta, Janice. Soy un hombre casado. Aunque ella no me recuerde… yo la amo igual. Déjame en paz. —¡La odio! ¡No te merece! La dejé hablando sola y subí al coche. —¿Nos vamos? —¿Y… tu esposa? —Maya, no me hagas reír. Ella no es mi esposa. —¿Entonces? —Mi ex. Aún está medio enamorada de mí… Pero tengo una pregunta. —Dime. —Cuando viniste por mí… ¿te interrumpió Max? —Sí… la verdad es que estaba en una cita. Mi gesto cambió. —¿Una cita? ¿Con quién? —Cosas de Mara…






