Capítulo 4

—¿Qué tal la cita?

—Un desastre, Mara —solté una risa.

—¿En serio? Pero si traté de buscarte al mejor.

—Máximo la arruinó. Me interrumpió a mitad para ir a buscar a su hermano… estaba borracho.

—Ay no… ¿y tú fuiste con él? —asentí—. Maya, deberías empezar a ignorarlo.

—No puedo… —negué con una sonrisa cansada—. Es tan… agh, simplemente no puedo. Algo en él me atrae.

—No me digas que es por lo bien que está.

—¡Mara! No es solo eso… es otra cosa, no sé cómo explicarlo.

—Bueno, por el abrigo que traes, asumo que vienes de su casa. ¿Qué pasó anoche?

—Nada —murmuré, sonrojándome.

—Ajá… no soy estúpida.

—¿Me prestarías algo de ropa? Necesito ir al restaurante.

Me miró, incrédula.

—¿No me digas que viniste desnuda?

—¡Claro que no! Solo que Nathe me prestó algo para dormir y mi ropa estaba lavándose —me quité el abrigo. Ella rompió en carcajadas.

—¡No es gracioso!

—Toma lo que quieras.

—Gracias.

_____

Como todos los días, fui al restaurante para revisar unos temas pendientes.

—¿Tú crees…? —empecé.

—Sí, compártenos tu idea.

—Pensaba que podríamos implementar esto —les mostré una propuesta.

—Mmm… creo que primero deberíamos consultarlo con el dueño.

—¿Qué?

—Sí, con el señor Larson.

Me quedé paralizada. ¿Nathan? Esto era de mi padre.

—¿No lo sabías?

—No… no entiendo nada.

—Él compró el lugar hace dos meses.

¿Cómo pudo hacer eso sin avisarme?

Me quedé sentada, en silencio. Luego saqué el teléfono.

/Hola, ¿podemos hablar?

En el restaurante.

Hola. Si quieres, puedes venir a mi casa. Noah tuvo un problema y no puedo salir.

¿Qué le pasó?

Tuvo una crisis al salir de clases. Alguien extraño se le acercó y se asustó, supongo. No me dieron más detalles. Si vienes, avísame./

_____

Noah estaba en el patio, bajo un árbol, arrancando flores. Me acerqué despacio.

—¿Quieres hablar? —negó con la cabeza. Me senté a su lado, sin decir nada más.

—Señor Larson, la señorita Reynolds está aquí —dijo Silvia desde la puerta.

—Dígale que pase. Voy enseguida.

—Maya.

—¿Sí? ¿Quieres verla? —Noah asintió.

—Voy a llamarla.

Entré. Maya estaba en la sala, con ropa deportiva y una bolsa en la mano. Se levantó al verme.

—¿Vienes del gimnasio?

—No, estaba en el Goodfrench. Perdón si interrumpo.

—No te preocupes. Todo bien.

—¿Qué le pasó a Noah?

—Al parecer, tuvo una crisis. Dicen que alguien extraño se le acercó al salir de clase, y se asustó. No explicaron mucho.

—¿Puedo verla?

—Claro. Está en el patio. Vamos.

Noah seguía arrancando flores. Janice se acercó con suavidad y se sentó junto a ella.

—¿Puedo sentarme? —preguntó.

Noah asintió sin mirarla.

—¿Estás bien? —acarició su espalda. Noah se acercó y se acurrucó entre sus brazos.

—Tranquila, todo va a estar bien —la abrazó con ternura.

Noah la miró y sonrió.

—Te quiero —susurró.

—Yo también, pequeña —respondió Maya, visiblemente emocionada.

—¿Qué es eso? —preguntó Noah, señalando la bolsa.

—Es para ti. Escuché que a alguien le encantan los unicornios —le entregó la bolsa.

—¿A mí? ¡Siii! —la abrió con emoción. Sacó un unicornio de peluche y salió corriendo—. ¡Mira, papá!

Fui tras ella. Nathan la había llevado a lavarse las manos.

—Gracias —dijo Noah, abrazando el peluche, y fue directo a la cocina.

—Gracias, Maya. Noah va a comer ahora. ¿Te parece si hablamos en mi despacho?

—¿Qué significa esto? —me tendió un papel.

Era un documento relacionado con el Goodfrench.

—Lo compré. ¿Cuál es el problema?

—¿Y por qué me entero por otra persona casi dos meses después? ¿No creías que podía sacarlo adelante?

—¡Claro que sí! Solo que…

—¡No! Ni siquiera me avisaste. ¿Y ahora entiendes por qué nadie me toma en serio?

—Solo intenté ayudarte. ¿Sabías que estaba a punto de ser embargado? Yo propuse invertir para salvarlo. No me interesa administrarlo, solo quería que algo de Liam siguiera vivo.

Me miró, los ojos llenos de lágrimas. Me levanté para abrazarla.

—Lo siento. Debí decírtelo, pero con todo lo que ha pasado, lo olvidé. Perdón.

—No… no creíste en mí —se apartó.

Me arrodillé frente a ella y tomé sus manos.

—Claro que sí. Pero iban a quitarte todo, Maya. ¿Qué querías que hiciera? ¿Quedarme mirando mientras se destruía lo que Liam construyó?

—Déjame —susurró, soltando mis manos—. Está bien… me voy.

Cuando salí detrás de ella, Noah ya estaba con Maya.

—Porfis… —le decía.

—Noah, basta —le advertí. Maya me miró mal.

—Solo unos minutos, ¿sí? Después me voy.

—Está bien. Vamos.

—Wow, tu habitación es genial.

—Sí… ¿ya no estás triste? —preguntó Noah.

—Estoy bien.

—¿Y por qué llorabas cuando saliste de la oficina de papá?

—No es nada, pequeña. Todo va a estar bien.

Jugamos un rato hasta que se cansó. Ordenamos y me mostró dónde quería poner su unicornio. Se notaba que aún lo recordaba.

—¿En serio lo harás?

—Sí, solo necesito un poco de tiempo.

—¡Siii! —se acurrucó en la cama conmigo para ver caricaturas.

Después de que Maya le dijera que sí, me encerré toda la tarde en el despacho, revisando documentos.

Entre los papeles que traje de la casa de Liam, había archivos médicos, uno de unos doctores en Manchester y otro sobre una adopción. No entendía qué tenían que ver con Maya.

Uno de los informes, de un tal Tyrone, decía que tenía una hija con su esposa Vivian. La niña se llamaba Elena y estaba enferma.

Aún faltaba revisar un pequeño diario, pero antes de que pudiera abrirlo, alguien golpeó la puerta.

—Adelante.

—La cena está lista —dijo Silvia.

—Voy enseguida. ¿Y Noah?

—Se quedó dormida… junto con la señorita Reynolds.

—¿Qué? ¿Maya sigue aquí?

—Sí. ¿Desea que las despierte?

—No, no te preocupes. Podemos cenar nosotros dos.

Guardé los documentos y salí. Antes de bajar, pasé por la habitación de Noah.

Tal como dijo Silvia, dormía profundamente, acurrucada entre los brazos de Maya. Las cubrí con una manta y cerré la puerta en silencio.

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