Mara me observaba con una mezcla de decepción y enojo.
De esas miradas que no necesitas interpretar.
Que simplemente… sabes que duelen porque dicen la verdad.
Nathan ya se había marchado. El sonido del portazo aún parecía vibrar en las paredes, como un eco incómodo que no terminaba de apagarse.
El silencio que quedó después fue peor.
Más pesado.
—¿Desde cuándo? —preguntó Mara, cruzándose de brazos.
No levantó la voz.
No lo necesitaba.
Tragué saliva.
—No lo sé… —respondí con honestidad