Capítulo 7

Después de todo lo que leí y pude investigar, decidí hablar con Leonora. Tal vez ella tendría respuestas.

—¿Tú sabías que eran dos niñas?

—¿De qué hablas?

—No tengo a quién más decirle…

—¿De qué me estás hablando?

—¿Que no escuchas? Te dije que encontré un diario. Creo que Liam está vivo.

—¿Nathe, estás bien? —me miró preocupada.

—No me crees, ¿cierto? —negué con la cabeza—. ¿Y qué hay de los doctores en Manchester?

—¿Doctores? No sé de qué hablas.

—¿En qué más mintió? ¿Cómo que no sabes de esto?

—Nathe, creo que es mejor no hablar de esto…

—Lo sabías. ¿No es así?

—Creo que debería irme… hablamos después. Y feliz cumpleaños.

Un mes después

—Te ves mucho mejor —sonrió al verme.

Desde aquel día, todo había sido cuesta arriba. Al volver a casa, unos tipos me interceptaron en la calle y terminé con una paliza que me dejó fuera de combate por días.

—Sí, me siento mejor. Las heridas ya sanaron —dije, mientras caminaba con Mara por el parque de atracciones. Entonces la vi… una pequeña que se parecía demasiado a Noah.

Era ella. Pero, ¿por qué estaba sola?

—¿Noah?

—May… Maya —la pequeña sollozaba.

—¿Qué te pasó? ¿Por qué estás sola?

La tomé en brazos. Se limpió las lágrimas con la manga de su chaqueta.

—Perdí a Lara. Papá vendría por nosotras, pero me perdí…

—¿La conoces? —preguntó Mara, sorprendida.

—Sí… larga historia. Te dejo, la llevaré con su padre —ella asintió, y nos despedimos.

—¿Dónde estabas cuando te separaste de Lara?

—En los baños.

La llevé de regreso al lugar, pero Lara no estaba por ningún lado. Nos sentamos en una banca y marqué a Nathan. No contestó. Lo intenté de nuevo. Nada.

—Nathan no contesta. ¿Qué hacemos? —la niña empezaba a llorar.

—Tranquila, seguro está estacionado afuera. Podemos buscar su auto y le dejaré un mensaje.

La tomé otra vez en brazos y caminamos hacia la salida. No había ningún auto conocido.

—¡¿Qué?! ¿Cómo que la perdiste de vista?

—Entramos al baño. Me distraje un segundo con Bruno y cuando volví… ya no estaba. Fue solo un momento.

—¡Mierda, Lara! ¿Cómo…?

—¡Lo siento! Ya, hay que seguir buscándola.

—Quédate en el auto. Yo la buscaré.

Recorrí todo el parque: juegos, puestos de comida, baños. Nada. El celular vibraba sin parar con mensajes y llamadas, pero encontrar a Noah era lo único que importaba.

Me acerqué a un guardia.

—Disculpe, ¿vio a una niña de unos cuatro años? Cabello castaño, pantalones negros, polera rosa.

—No, no he visto a nadie así.

Revisé el celular. Varias llamadas de Maya. Mensajes también. Algo no cuadraba. Le devolví la llamada.

—¿Hola? ¿Qué sucede?

—¿Dónde estás? Estoy con Noah.

—¿Qué? ¿Dónde la encontraste?

—Afuera del parque, en una banca.

—Voy de inmediato.

Maya tenía a Noah en brazos, tapada con una chaqueta.

—Se ha dormido —me dijo con una sonrisa cansada.

—Gracias, de verdad. Con todo lo que pasó… Lara pensó que esto sería una buena idea, pero no lo fue. Perdió a Noah… imagina si perdiera a los dos niños.

—Por suerte me la crucé. Pudo ser peor. ¿Dónde tienes el auto?

—Un poco más allá. Si quieres, yo la llevo.

—No, tranquilo, está bien —tomé su bolso y las cosas que llevaba, para que pudiera cargarla mejor.

Cuando llegamos al auto, Lara salió de inmediato.

—¡Maya la encontró!

—Ay, Dios… gracias —susurró con alivio.

Tomé a Noah y la acomodé en su silla. La cubrí con la chaqueta y cerré la puerta con cuidado.

—¿Te llevamos?

—No hace falta, gracias.

—Vamos, no cuesta nada.

—De verdad, no se preocupen. Voy a ver a una amiga.

—Está bien —Lara subió al auto.

—Tus cosas. Y gracias, en serio. La chaqueta te la devuelvo en el restaurante.

—No es nada. No hay problema —respondió con una leve sonrisa antes de alejarse hacia la entrada del parque.

Después de dejar a Lara y Bruno en casa de mis padres, regresamos. Noah seguía dormida. Subí a mi oficina.

—Señor Larson, la cena está lista —dijo Silvia desde la puerta.

—Está bien, iré en un momento. ¿Noah sigue dormida en el sofá?

—No, despertó hace un momento. Lo espera para cenar.

—Gracias, Silvia.

—De nada. Perdón lo entrometida, pero… ¿cómo estaba la señorita Reynolds?

—No la veía desde hace un mes. Se veía bien. La verdad, no hablamos mucho. Incluso no aceptó que la lleváramos a casa.

La cena pasó en silencio. Noah comía tranquila, como si nada hubiese pasado. Yo la observaba, sintiendo un nudo en la garganta cada vez que sonreía.

—¿Te gustó el paseo con Lara? —le pregunté con cuidado.

—Sí… hasta que me perdí.

—Lo siento, pequeña —le acaricié el cabello—. Ya estás en casa.

Cuando terminó, Silvia la llevó a cepillarse los dientes. Me quedé solo en el comedor, mirando el plato sin tocar.

Todo lo que había pasado ese día me pesaba como una carga en el pecho: la desesperación de no encontrarla, el miedo que no supe controlar… y Maya. Ella otra vez, en el momento justo.

Subí a mi estudio. Abrí el cajón del escritorio y saqué la vieja libreta. La misma donde llevaba anotado cada pista, cada recuerdo, cada duda sobre Maya, sobre Liam… y ahora, sobre esas niñas.

“Dos niñas”, había dicho el diario. Pero ¿cómo encajaba eso con todo lo demás?

Mi celular vibró. Un mensaje de Maya.

“Avisa si Noah tiene fiebre en la noche. Estaba algo calentita cuando se durmió. Buenas noches.”

Solo le respondí:

“Está bien. Gracias otra vez.”

Apoyé la espalda en el sillón y cerré los ojos. Todo me dolía. El cuerpo, la cabeza… el alma.

¿Cómo explicarle a alguien que cada vez que creo avanzar, algo me jala hacia atrás? Que no es solo el dolor de haberla perdido, sino el peso de tenerla cerca sin que sea realmente ella.

Porque Maya… Maya está viva. Pero no es la misma.

Y yo tampoco.

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