Capítulo 8

—¿Pusiste la denuncia?

—Aún no.

—¿Por qué? Puede volver a pasar, Maya. Debes tener cuidado. ¿Al menos sabes quiénes fueron?

—No… No volverá a pasar. Descuida, estaré bien.

—Maya, tu vida no es un juego —asentí sin muchas ganas.

—A todo esto… ¿quién era la niña?

—¿Qué niña?

—La que vimos ayer en el parque.

—Ah… ella es Noah —al ver su expresión confundida, aclaré—. La hija de Nathan.

—¿¡Qué!? ¿Tiene una hija?

—¿No te lo había dicho? —solté una risa leve.

—Jamás lo mencionaste. ¿Y su madre?

—Falleció… o eso es lo que he escuchado. La verdad es que no lo sé con certeza.

—Wow… ¿acaso sabes en lo que te estás metiendo?

—No le veo lo malo. Solo le estoy ayudando… además, él compró el Goodfrench.

—¿Y las veces que te lo has tirado? ¿Eso también es parte de la ayuda?

—¡Mara! Eso e—

—¿Eso qué? —me miró con desaprobación.

—¿Por qué me miras así? Sé que fue un error, estuve mal, lo sé. Y no va a volver a pasar —tomé mis cosas y salí de allí, molesta conmigo misma.

—¿Y por qué discutieron?

—Le conté que Nathan tenía una hija —dije con fastidio—. Me preguntó si sabía en lo que me estaba metiendo, que la niña esto, que si me lo había tirado… y bla, bla, bla.

—Tranquila, cariño. ¿Y qué relación es la que tienes con Nathan?

—¿Qué relación? ¡Ninguna! Solo me está ayudando. Es Mara la que está sacando conclusiones.

—Ya veo… ¿Puedo saber cómo conociste a esa amiga tuya?

—A Mara la conocí cuando llegué aquí. Trabaja en el hospital. Nos topamos un día en que me enfermé, y desde entonces nos hicimos amigas.

—¿De dónde es?

—Solo sé que era nueva en la ciudad, tiene mi edad. Si no mal recuerdo, antes vivía en Manchester.

—¿Y qué hay con la niña?

—Me estoy encariñando con la pequeña… No puedo hacer esto.

—¿Qué tiene de malo?

—Tiene una madre. No puedo simplemente aparecer en su vida y pretender que nada pasó. Además, paso tiempo con su padre. Está mal.

—Maya, tú eres…

—Lo siento. Gracias por escucharme, pero debo correr.

—¿Qué? ¿A dónde vas?

—A una cita. Las ideas de Mara… Nos vemos luego.

Venía de regreso a casa después de una reunión eterna con Fred, cuando la voz de Max interrumpió mi paz.

Llamada entrante

—Hermano.

—¿Qué pasó? ¿Qué hiciste ahora?

—Hey, ¿por qué siempre respondes así?

—Porque siempre te metes en problemas.

—Y yo que te llamaba por algo importante.

—¿Qué quieres?

—Es sobre tu chica…

—Ed, detén la limo.

—¿Qué le pasó?

—¿Esperá… estás en una limusina?

—Fred y sus extravagancias. ¿Qué pasa con Maya?

—Está aquí, en el bar. Y… no se ve nada bien. Está bebiendo y juraría que también está drogada.

—¿Qué? ¡¿Cómo?!

—¿Vas a venir por ella o qué? No puedo retenerla por más tiempo.

—Ah, pero sí puedes darle alcohol, ¿no?

Corté la llamada.

—Eduard, antes de ir a casa, pasemos por Skall.

—Claro, señor.

—Hasta que llegas, hermanito —dijo Max cuando llegué a su lado, sentado junto a Maya en la barra.

—Jódete, Max.

—¡Yo no le di alcohol, vale! Fue uno de los chicos. Además, ni cuenta me había dado que era ella. Deberías agradecerme por llamarte —replicó molesto.

—¿Qué? ¿Lo llamaste a él? —dijo Maya, confusa y algo tambaleante.

—Vamos, te llevo a casa —le ofrecí.

—No quiero.

—Deberías hacerle caso. A mí ya me da miedo —dijo Max medio en broma, medio en serio.

Maya soltó una risa.

—¿Miedo? Pero si le miras la cara… es adorable —ambos rieron.

—Solo vete con él, ¿sí? —dijo Max con un suspiro.

Maya se levantó bruscamente y casi cae, pero Max la sostuvo justo a tiempo.

—Caminen, me están esperando.

Los tres salimos del bar. Max la llevaba del brazo y caminaban delante de mí, pero aún podía oír lo que decían.

—Ves, ya se enfadó. No debiste llamarlo.

—¿Por qué? Estás borracha y…

—Nooo, yo estoy bien.

Abrí la puerta de la limusina y Max la ayudó a subir. Quedamos un momento solos afuera.

—¿La llevarás a su casa?

—¿Cuál casa? —respondí mientras apagaba el cigarro.

—Eres desagradable. Está bien, sí… es la madre de Noah. Pero no es su culpa no recordarte.

Eso dolió… pero me lo había buscado.

Subí a la limo, dejando a Max atrás.

—Ahora sí, Eduard. A casa.

El chofer subió la ventanilla trasera para dejarnos en privado, y puso en marcha el auto.

Me quité la chaqueta del traje y se la coloqué encima. De alguna forma, terminó sobre mi regazo, con los brazos alrededor de mi cuello. Me miró durante unos segundos.

—Así que te parezco adorable —le acomodé el cabello y se sonrojó.

—¿No dirás nada?

Me besó. El beso fue subiendo de tono mientras se movía sobre mí. La detuve.

—No puedo. No así. Estás ebria y además drogada.

—Pe…

—No, Maya.

Cuando llegamos a casa, no había nadie. Noah estaba con mamá y Silvia, y Lara se había quedado con Bruno. Dejá a Maya en el sofá.

—¿Estás bien?

—¿Quieres saber cómo estoy? —asentí—. Estoy molesta… también confundida —me miró—. Y tengo miedo —murmuró, jugando con sus dedos.

—Entonces estás molesta, confundida… y tienes miedo —me senté a su lado.

—Sí —se hizo a un lado y se cruzó de brazos.

—¿Quieres saber cómo estoy yo? —pregunté, y sin esperar su respuesta, continué—. Estoy mal. Molesto. Me estoy muriendo cada día… y todo por mi culpa —me señalé el pecho.

Me levanté y me fui directo a la cocina.

Más tarde, cuando iba a salir de nuevo, Maya se había quedado dormida en el sofá, así que la cargué hasta mi habitación.

Maya POV

Desperté en una cama que no era la mía. Mi cabeza daba vueltas. Me incorporé y noté que llevaba puesta una camiseta de hombre. Era la habitación de Nathan… ¿Qué hacía aquí?

Recorrí la casa hasta llegar a su despacho. No estaba en ningún lado, así que empujé la puerta. Lo vi dormido en el sofá. Jamás había visto este lugar en detalle: estantes llenos de libros, una estación de café y bebidas…

—¿Chismoseando?

Di un salto.

—¡Perdón! No debí entrar, pero no había nadie… y no recuerdo mucho de anoche.

—Estás descalza. Te vas a enfermar —salió del baño, se acercó y me sentó en el escritorio—. ¿En serio no recuerdas nada? —me sonrió.

—No… No me digas que… —miré la camiseta, toqué mi cuerpo y luego lo miré con ojos grandes.

—Descuida. No pasó nada. Te detuve a tiempo —rió.

—¿¡Qué!?

—Lo que oyes —empezó a caminar hacia la puerta.

—¿Me dirás qué pasó? —pregunté mientras me sentaba en la cama.

—Voy a ducharme. ¿También quieres entrar? —se sonrojó.

Cuando salió, yo estaba acostada boca arriba en su cama.

—Entonces… —me miró y me tapé los ojos con vergüenza.

—Después de lo de ayer y lo que ha pasado entre nosotros… yo no me cubriría los ojos —rió.

—¿Tú me desvestiste?

—Te recuerdo que tú, querida, estabas ebria… y drogada.

—¿Dónde está mi ropa?

—Perdona, pero estoy atrasado —dijo entrando al baño, forcejeando con la corbata.

—No hay problema, ya estoy lista.

Lo observé luchar con el nudo de la corbata.

—¿Te ayudo?

—¿Sabes anudar esto? —se me acercó.

—¿Puedes agacharte o algo…? —lo subí al mueble del baño, quedando entre mis piernas. Comencé a anudar la corbata, pero me detuve un momento y lo miré.

—¿Qué? ¿Quieres repetir lo de ayer?

—¿No ibas tarde? —apreté el nudo de la corbata.

—Si se trata de ti, que el resto del mundo se vaya al diablo —la atraje un poco más.

—Jajaja, no bromees.

—Ayer dijiste que tenías miedo… —ella me miró atenta—. ¿A qué le temes? Y… cuando te puse la camiseta, noté algunos moretones. ¿Me lo explicas?

Se separó y bajó del mueble sin decir una sola palabra.

—¿No vas a decir nada? —la seguí.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP