Stephano no esperó más.
Sus manos guiadas por un instinto primitivo se deshicieron de su ropa y Adhara con las mejillas sonrojadas hizo lo mismo con las de él.
El calor abrasador de sus cuerpos los hizo estremecer cuando Adhara volvió a sentarse sobre su regazo. Él la devoraba con la mirada, grabándose cada parte del cuerpo que había anhelado por demasiado tiempo y que finalmente se entregaba a él.
Sus manos, grandes y temblorosas, acunaron su rostro con una ternura que contrastaba con la urg