Sus manos picaban por tocarla, por atraerla a su pecho y llevársela de allí.
—Maldita sea... —masculló entre dientes.
Ella le hacía hacer cosas que antes no había pensado, él no huía, él enfrentaba.
Pasó una mano por su mandíbula, respiró hondo, como si obedecer le costara demasiado y era así, ella no tenía ni idea de cuanto la había echado de menos.
—Está bien —gruñó con la voz baja y ronca, sin rastro de burla—. Me iré. Pero mañana... vendrás a mí. En el río que divide al Noroeste del Este, a