Katherine sintió cómo la sangre se helaba en sus venas.
El alivio momentáneo al ver a sus cachorros vivos se transformó en una furia tan densa que casi podía saborearla en la lengua, un gruñido bajo, casi inaudible, vibró en su pecho.
—No estoy aquí para jugar tus juegos, Jessica —dijo con una voz que ya no sonaba del todo humana—. Devuélveme a mis hijos. Ahora.
Jessica ladeó la cabeza, como si estuviera contemplando a un animalito interesante en una jaula.
—¿Devolverlos? —repitió con lentitud,