La noche estaba callada.
Solo el sonido del viento azotaba la ventana. Katherine tenía la cabeza apoyada sobre el pecho de Cassian y el ritmo pausado de su respiración le resultaba tan hipnótico que por un momento creyó que el tiempo se había detenido.
El calor de su cuerpo la envolvía. Bajo su mejilla podía sentir los latidos firmes, constantes, como si cada uno marcara una frontera que no debía cruzar. Y sin embargo, ya la había cruzado.
Su mano se movió sin pensar, delineando con la yema de