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LA MANADA DEL NOROESTE
—¡¿Dónde está mi nieta?!
El rugido de Kian retumbó en los muros como un trueno imparable. La antigua mesa de roble tembló bajo su puño cerrado y terminó rompiéndose por la fuerza empleada.
—Kian, por favor... —susurró Dana con voz baja, pero serena, aún sin tocarlo.
—¡Han pasado días, Dana! ¡Días desde que nos comunicamos con ella! Y nadie, absolutamente nadie, sabe dónde está.
¿Y quieren que me quede sentado como si nada? Mi gatita puede estar...
Kian apre