El tiempo parecía haberse detenido, suspendido en el momento exacto en el que su mirada recorrió la piel expuesta de Katherine.
El silencio era tan espeso que podía sentirse entre ellos. No había burla en su rostro, ni sarcasmo. Solo una quietud peligrosa que lo envolvía por completo, como si cada fibra de su ser estuviera conteniéndose con una fuerza sobrehumana.
Ella estaba ahí, frente a él, vulnerable pero erguida, con el rostro sonrojado, las manos temblorosas, los ojos fijos en los suyos.