El eco de la declaración de Cassian seguía vibrando en las paredes como un rugido contenido.
“Ella me pertenece.”
Katherine seguía en el suelo, con las rodillas arañadas y el cuello aún ardiendo donde sus colmillos habían dejado esa primera marca.
No era la de Luna.
Lo sabía.
Pero era una mordida pública, un sello brutal que la volvía intocable para todos los presentes.
Su pecho subía y bajaba con violencia. El aire quemaba al entrar en sus pulmones, sin embargo, no podía apartar los ojos de