**Lía**
Me hicieron llamar al amanecer, el salón del consejo estaba frío, silencioso, con ese olor a piedra húmeda que siempre anunciaba problemas. Los ancianos me observaban con una seriedad que me atravesó la piel. No me miraban como la Luna de su Alfa.
Me miraban como si fuera un riesgo.
—Tres lobos heridos —dijo Aeron, su voz tan afilada como su mirada—. Y nadie entiende cómo ocurrió.
—Fue un accidente —respondí, intentando controlar el temblor—. No pude…
—Ese es el problema —me interrumpió una de las ancianas—. No puedes controlar lo que eres.
Sus palabras me cortaron el aliento, yo tampoco sabía lo que era… ni cómo había liberado aquella energía. Aeron continuó, sin suavidad:
—Ni siquiera los lobos más fuertes son capaces de algo así. La energía que liberaste no es magia común.
Sentí un ardor en los ojos, pero no bajé la mirada.
—Jamás lastimaría a mi manada —dije firme.
—Pero lo hiciste —sentenció Aeron— Nuestra Luna debe protegernos.
Me dejaron ir, no me castigaron, no formalm