**Lía**
Al llegar la noche, el jardín estaba iluminado apenas por antorchas bajas y la luz de la luna que se filtraba entre las hojas, atenta. Kael estaba sentado en el borde de la fuente, con los antebrazos apoyados sobre las rodillas, mirando el agua sin verla del todo.
Estaba completamente raro luego de lo sucedido en la clínica, o, preocupado quizás. Me acerqué sin anunciarme. No hizo falta. Él siempre sabía cuándo yo estaba cerca.
—Pensé que dormirías —dijo, sin mirarme.
—No tenía sueño.
Me senté a su lado. El mármol estaba frío, pero su cercanía lo templaba todo. Durante unos segundos no hablamos. El silencio ya era una costumbre entre nosotros, pero ya no incomodaba, como si hubiéramos aprendido a habitarlo juntos.
Kael respiró hondo.
—Mañana voy a ir al templo —dijo—. Con mi beta.
Lo miré recién entonces.
—¿Por cuánto tiempo?
—No lo sé.
No había dureza en su voz. Tampoco distancia. Solo honestidad.
—¿Es peligroso?
Kael negó despacio.
—No más que quedarme.
—Llévame contigo— le