**Lía**
Pasaron dos días viendo cómo Kael respiraba apenas, atrapado en una oscuridad que se negaba a soltarlo. Su piel estaba helada, la marca latía con un rojo enfermizo y cada vez que intentaba moverlo, un susurro oscuro se deslizaba por debajo de su piel… como si algo más estuviera respirando dentro de él.
—Por favor, Kael… —murmuré por décima vez—. Vuelve conmigo.
No sabía si podía escucharme, o si seguía luchando. Solo sabía que yo no estaba dispuesta a perderlo.
La segunda noche, el aire cambió. Se volvió pesado, denso. Y entonces sucedió lo que esperaba. Los ojos de Kael se abrieron, pero no eran sus ojos.
No había oro, ni fuego, ni lobo. Solo un negro absoluto… sin vida, sin límite, sin cielo.
—Kael… —susurré, paralizada.
Él me miró como si no me conociera. O peor… como si me reconociera demasiado.
—No te… dejaré… hija de Rafael. — Su voz salió rota, lenta, ahogada bajo otra presencia.
—¿Qué dijiste?
Pero él ya no estaba ahí. La sombra volvió a hundirlo y sus párpados cayeron