La burbuja de paz en el departamento de Adrian se rompió no con una alarma, sino con un golpe rítmico y pesado en la puerta. No era el timbre electrónico; era el sonido de unos nudillos que no pedían permiso, sino que exigían presencia.
Adrian se tensó por instinto, su mano rozando instintivamente el lugar donde solía llevar su arma de servicio, pero se detuvo al ver la reacción de Aeryn. Ella no se asustó; simplemente suspiró, reconociendo la energía que emanaba del otro lado de la madera.