La Universidad de Saint Jude siempre había sido un ecosistema de apariencias, un desfile de intelectos compitiendo por la luz en una ciudad que devoraba a los débiles. Pero esa primavera, el campus se detuvo. No fue por una protesta, ni por un descubrimiento científico, sino por una imagen que parecía arrancada de una mitología antigua y trasplantada al asfalto moderno: Adrian y Aeryn.
Caminaban por el cuadrante central, bajo los cerezos en flor que empezaban a soltar sus pétalos rosados sobre