El departamento de Adrian, habitualmente una caja de cristal y ángulos rectos diseñada para la eficiencia, se sentía esa noche como una isla flotando en un océano de sombras. Tras la visita de Daniel y Mara, el ambiente había quedado impregnado de un rastro metálico y opresivo, pero en cuanto Aeryn cruzó el umbral, el aire pareció purificarse. Ella traía consigo el aroma del musgo, de la libertad y de una verdad que los muros de concreto no podían contener.
Adrian cerró la puerta y, por primer