El viernes por la tarde, el campus de la universidad bullía con la energía del fin de semana. Adrian esperaba junto a su coche, viendo cómo Aeryn se acercaba con una mochila de tela y una sonrisa que parecía contener toda la luz que a la ciudad le faltaba. Aeryn lo saludó con un beso suave en la mejilla, un gesto que ya se había vuelto natural entre ellos, una rutina que a Adrian le hacía sentir que, por unos instantes, la Orden Helix no existía.
—Mi madre está emocionada —dijo Aeryn, subien