La luz del amanecer en el Enclave no golpeaba; se filtraba, transformando la bruma matutina en una gasa de oro líquido que envolvía las copas de los árboles. Adrian se encontraba en la plataforma de observación del ala este, absorto en la contemplación de un grupo de ninfas de agua que guiaban el cauce de un arroyo hacia las huertas colgantes. Su mente, antes una cuadrícula de objetivos y amenazas, ahora bullía con ecuaciones de convivencia. Estaba mentalmente redactando el prefacio de lo que é