Cuando la silueta de Aeryn se perdió finalmente entre la espesura del bosque, la expresión de Adrian cambió. La calidez desapareció de sus ojos, y fue reemplazada por la precisión de un bisturí. Se dio la vuelta y caminó hacia un sedán oscuro estacionado a unos metros del observatorio.
En el interior, el resplandor azul de las pantallas iluminaba los rostros de Mara y Daniel.
—Informe —dijo Mara, sin apartar la vista de los datos que fluían en su tableta.
Adrian se sentó en el asiento t