El límite del territorio de la manada no estaba marcado por vallas ni muros, sino por una atmósfera que cambiaba drásticamente. Al cruzar la línea invisible, el ruido de la civilización —el zumbido lejano de los motores y el eco de la ciudad— se extinguía de golpe, reemplazado por un zumbido vibrante, casi eléctrico, que erizaba el vello de los brazos. Era como sumergirse en agua densa, un cambio de presión que advertía a los sentidos que las leyes de los hombres ya no tenían jurisdicción all