La mañana se filtraba entre los rascacielos con una luz gris y anémica, el contraste perfecto para el calor residual que aún ardía en el pecho de Adrian. Hacía apenas unos minutos que había visto a Aeryn alejarse por el pasillo; aún podía sentir el rastro de su aroma en su piel y el peso de la piedra de Miri que, aunque le había entregado a ella para protegerla, parecía haber dejado una marca fantasmagórica en su propio pecho.
Al salir de su edificio, el aire de la ciudad le golpeó el rostro c