El salón del consejo olía a incienso de sándalo y ambición.
Ragnar, sentado en el trono secundario reservado para el heredero, observaba a los funcionarios con una calma que solo podía nacer de años reprimiendo el instinto de desgarrar gargantas. Los hombres, vestidos con túnicas de seda grisácea que los hacían parecer buitres posados, inclinaron la cabeza en una reverencia que no llegaba a ser sincera.
— Alteza — comenzó el ministro de Ritos, un hombre de voz melosa y ojos como dagas — el sol