La luna esa noche no era una simple espectadora.
Colgaba baja, enorme, como si quisiera descender y envolver el palacio entero en su luz plateada. Aisha la sentía en su piel, en su sangre, en el ritmo de su corazón. El lobo blanco, acurrucado a sus pies en la cámara privada, levantó el hocico de repente, sus ojos azules brillando con un conocimiento ancestral.
— ¿Me llamas? — parecía preguntar.
Aisha no respondió con palabras. Extendió su mano, tocando el frío pelaje del animal, y en ese instan