El gabinete del príncipe heredero olía a tinta fresca y a la humedad del papel de arroz. Ragnar, sentado tras su escritorio de ébano tallado con dragones, escuchaba con medio oído las interminables disputas de sus ministros. El sol de la tarde se filtraba por las celosías, dibujando líneas doradas sobre los mapas desplegados.
— Alteza, las provisiones para la campaña del norte no alcanzarán si seguimos enviando recursos a los templos — argumentaba el ministro de Hacienda, con la voz tan afilada