El amanecer teñía los tejados del palacio imperial de tonos dorados y carmesí, como si el cielo mismo se inclinara ante la grandeza del heredero. El príncipe Ragnar, de pie en el balcón de sus aposentos, observaba cómo la niebla matutina se enroscaba alrededor de los pinos del jardín, sus dedos tamborileando contra la fría balaustrada de jade. El aire olía a tierra húmeda y a la fragancia picante de los crisantemos recién abiertos, pero ni siquiera la serenidad del alba podía calmar el fuego qu