La noche había caído sobre la casa como un manto espeso, silencioso y el eco lejano del viento entre los rosales arrancados parecía llorar su pérdida. Lena estaba acostada en su cama, con el pequeño gato junto a ella; echado con su cabeza entre las patas delanteras.
Aún se sentía triste por lo ocurrido con sus rosales, pero más, por la rabia que aún sentía con Odelia. Lena no era una joven malvada, jamás lo había sido, y si había algo de lo que estaba orgullosa era que en su corazón no existía