El sol caía lento sobre Londres, tiñendo los ventanales con un fulgor dorado. El aire todavía guardaba el calor de la tarde cuando Oliver estacionó su coche en la entrada de la mansión Lancaster. Silbaba una melodía ligera mientras cerraba la puerta del vehículo y ajustaba bajo el brazo las carpetas que traía consigo. Iba sin prisa, con ese aire despreocupado que lo caracterizaba, como si nunca nada en el mundo pudiera inquietarlo.
Tocó apenas una vez la puerta antes de empujarla con naturalid