Lena tomó a la zorrita con dulzura, acunándola entre sus brazos como si no estuviera jadeando por dentro, como si su cuerpo no ardiera por el contacto recién interrumpido. La colocó a un lado de la cama, sobre una pequeña manta que solía usar, y Sombra se acomodó tranquila, rodando sobre sí misma como si nada importante acabara de suceder.
Pero algo había cambiado.
En el aire flotaba un deseo que ya no podía disfrazarse de inocencia.
Cuando Lena volvió la vista hacia Kerem, él ya estaba esperánd