Kerem permaneció de pie en el salón principal, inmóvil, con los labios tensos y la expresión dura como mármol. Úrsula acababa de marcharse. El eco de sus tacones aún vibraba en su oído, perdiéndose por el largo corredor hasta la entrada. Él ni siquiera se molestó en despedirse. No fue él quien le pido que fuera e incluso fue considerado y no la echó a patadas.
Su piel aún llevaba el rastro tibio de sus manos… y no le había provocado absolutamente nada.
Ni un leve estremecimiento, ni la más m