Kerem no alcanzó a reaccionar.
Ni siquiera pudo maldecir.
—Tengo que irme —anunció Celeste con desdén, mirando el reloj de su muñeca—. Te quedas con Úrsula.
Su voz sonó implacable. Como si se deshiciera de una carga.
Los pasos de sus tacones resonaron con arrogancia al girar hacia la puerta, pero antes de marcharse, se detuvo.
Con una mirada de escaneo descendió desde los tobillos de Lena hasta su rostro.
Fue lenta. Crítica, ni siquiera se molestó en mostrar que su presencia le irrit