Lena cerró la puerta de su habitación con más fuerza de la necesaria. Y aunque el golpe fuerte de la madera no le trajo calma, al menos le dio una ínfima sensación de control. La oscuridad de la estancia la recibió como una vieja aliada, cómplice silenciosa de su enojo. Caminó con pasos decididos hasta la cama, donde junto al buró, una pequeña caja de madera albergaba a sus únicos confidentes.
—Vamos, chicos… —susurró con la voz aún temblando de rabia mientras abría la tapa.
Los pequeños raton