Kerem no se movió al principio. Su respiración era pesada, como si todo el aire de la sala estuviera contaminado por la rabia que no podía contener. Marla estaba en el suelo, con la piel roja, jadeando por el aire que él le había arrancado segundos antes. Sus dedos estaban marcados en su cuello como un sello imposible de borrar.
Sin pensarlo dos veces, la tomó del brazo con violencia y la levantó. Marla soltó un quejido ahogado, las piernas tambaleándose, pero él no aflojó el agarre. La acercó hacia sí, lo suficiente para que sintiera el calor de su furia, y apretó con tanta fuerza que ella gimió de dolor.
—Oliver —gruñó Kerem, la voz baja, ronca, incontrolable—. Llama a Blackwell. Dile que venga. Ahora.
Oliver, con el teléfono ya en la mano, marcó de inmediato sin preguntar nada. El tono de su voz, frío y directo, no dejaba dudas de que el mensaje llegaría rápido al hombre más influyente de Scotland Yard [Nombre histórico de la sede de la Policía Metropolitana de Londres].
—Estará