Kerem no se movió al principio. Su respiración era pesada, como si todo el aire de la sala estuviera contaminado por la rabia que no podía contener. Marla estaba en el suelo, con la piel roja, jadeando por el aire que él le había arrancado segundos antes. Sus dedos estaban marcados en su cuello como un sello imposible de borrar.
Sin pensarlo dos veces, la tomó del brazo con violencia y la levantó. Marla soltó un quejido ahogado, las piernas tambaleándose, pero él no aflojó el agarre. La acercó