El silencio pesaba como una losa.
Oliver lo notó primero. En el instante en que la voz de Kerem cortó el aire, los ojos de Lena se abrieron de par en par, cargados de un miedo tan visceral que le heló la sangre.
Kerem dio un paso al frente, tenía la mandíbula tensa, el ceño fruncido. Su respiración era lenta, controlada, pero su cuerpo entero emanaba una furia que nadie le había conocido.
—Lena… —su voz era un gruñido bajo—. Respóndeme —exigió, esperando que ella dijera algo.
Ella no dijo na