El silencio pesaba como una losa.
Oliver lo notó primero. En el instante en que la voz de Kerem cortó el aire, los ojos de Lena se abrieron de par en par, cargados de un miedo tan visceral que le heló la sangre.
Kerem dio un paso al frente, tenía la mandíbula tensa, el ceño fruncido. Su respiración era lenta, controlada, pero su cuerpo entero emanaba una furia que nadie le había conocido.
—Lena… —su voz era un gruñido bajo—. Respóndeme —exigió, esperando que ella dijera algo.
Ella no dijo nada. Sus labios temblaban, los dedos se clavaban en el dobladillo de su falda, pero las palabras no salían.
Kerem apretó los puños, la paciencia resbalando como arena entre sus dedos.
—Maldita sea, Lena… ¡Responde! — gritó, y su voz se quebró, con ese tono cargado de rabia—. Quiero saber si Marla fue quien te hizo eso —gruñó, mientras sus fosas nasales se expandían con cada respiración.
El temblor recorrió el cuerpo de Lena como un rayo. Las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro, silencios