Lucía corría de un lado a otro con el cesto de mimbre colgado en el brazo, tan entusiasmada que apenas le importaba lo rápido que se le llenaba. Sus cabellos se movían con cada salto y su risa se escuchaba clara en medio del viñedo. Oliver, con la paciencia de alguien acostumbrado a dirigir, la seguía a su ritmo, sin perderla de vista.
—No arranques de golpe, Lucía —le decía en tono calmado, inclinándose para mostrarle—. Mira, corta aquí, justo por encima del tallo. Así el racimo no se estropea