Dos semanas después
Kerem se levantó temprano, como de costumbre. La habitación estaba sumida en la penumbra que para él no era distinta de la luz del día. Tanteó el borde de la cama con una calma aprendida y buscó el bastón apoyado en la mesita. No lo tomó todavía. Primero se inclinó hacia donde sabía que estaba la ropa que usaría ese día y que ya había sido arreglada por Harold en una de las sillas, para luego calzarse las botas, tocando con las yemas el cuero gastado que reconocía de memoria.