Lo primero que hago cuando me acerco es quedarme inmóvil.
Lena está ahí, justo frente a mí, y por un instante siento que todo lo que fui capaz de soportar en mi ausencia —el dolor, la incertidumbre, los meses de recuperación, la oscuridad misma— cobra sentido.
Sus labios tiemblan.
Su respiración se entrecorta.
Y cuando sus ojos se llenan de lágrimas, algo dentro de mí se contrae con fuerza. Me arde el pecho, me quema la garganta. Detesto que llore, pero la furia se mezcla con un placer más p