Las luces de Londres quedaban atrás mientras Oliver conducía en silencio, con una mano firme en el volante y la otra descansando sobre su muslo. Jennie, sentada a su lado, jugaba con el borde de su falda, los lentes deslizándose levemente por la nariz. La ciudad vibraba de noche, pero dentro del coche todo era distinto: la tensión entre ellos parecía llenar cada rincón.
Así había sido en las últimas salidas, quizá para Oliver así fue desde el principio, pero como el caballero que era, se limita