—No te muevas —le dijo Lena a Lucia mientras intentaba terminar de peinar su cabello oscuro.
Pero la niña estaba tan entretenida jugando con Sombra, que se le escapaba una risa cada vez que la zorrita movía la cola esponjosa y trataba de alcanzarle los zapatos. Le era imposible quedarse quieta.
Lena sonrió. Esa risa, esa chispa en la niña, era lo que más le gustaba ver. Había días en que la seriedad pesaba demasiado en esa casa, y encontrarle una sonrisa a Lucia se sentía como un regalo. Termi